Se descubrió que el alivio temporario de los síntomas sobreviene con la estimulación eléctrica de los puntos del pulmón y de las orejas. Estos resultados mejoraban a medida que se utilizaba más puntos auriculares y a medida que se localizaba mejor los puntos.
Eliminando el uso de los estimuladores eléctricos, los resultados mejoraban si se utilizaban varios puntos auriculares. Los pacientes en desintoxicación de heroína, recibían tratamiento todos los días durante dos a cinco días y luego otros tratamientos, si fuera necesario, por la depresión, la obsesión y otras secuelas. Se uso tres a cuatros puntos en cada oreja además del Hegu en los pacientes agitados. Los puntos auriculares incluyen habitualmente: simpáticos, Shenmen, y pulmón. Los mismos se localizan utilizando el método de sensibilidad al tacto, sin usar ningún tipo de estimulación eléctrica. Se solicita al paciente que se queden tranquilamente sentados durante 30 a 90 minutos. Se trata de que el paciente que presenta esta adicción permanezca en grupo donde pueda observar a otros pacientes satisfechos.
FUENTE:www.blogacupuntura.com
Heroína, la dama blanca cabalga por C.A.
“It’s my wife and it’s my life”. “Es mi esposa y es mi vida”. Este verso, la definición perfecta de la relación entre un heroinómano y la sustancia que alternativamente ilumina y ensombrece sus ojos, sus venas y sus días, la formuló la estrella del rock, Lou Reed, en su etapa más oscura, cuando él mismo era un cautivo de la esta cortesana de hielo y le compuso el himno Heroin en 1967. Pero, ¿quién es esta amante letal?

Bienvenido al infierno
Se puede recorrer la ruta de la tragedia siguiendo la geografía de los pinzazos
Porque, si tener una sustancia corriendo por las venas produce, según la enciclopedia, que “tras la ráfaga de euforia, llega un sentimiento de absoluta seguridad y protección. El dolor, el miedo, el hambre, la tensión y la ansiedad desaparecen. Cualquier sensación de ira, frustración o agresividad desaparecen” (por eso el heroinómano saciado es inofensivo a diferencia de otro tipo de drogadictos), imagínese el estado en que queda el cuerpo cuando ese soporte químico le es retirado. Cada célula gime y se retuerce como un vampiro sediento. El dolor viene de dentro del cuerpo. Comenzando por los riñones, cada órgano y cada tejido aúllan como si se estuvieran desgarrando. Ver a un ser amado pasar por la etapa de carencia es una de las experiencias más demoledoras que existen. Hasta tal punto, que se han dado, tanto en Europa como en EE.UU., casos extremos de madres que han matado a sus hijos para aliviarles el insoportable ciclo de sufrimiento que supone alternar los estados paroxísticos de búsqueda, aturdimiento, carencia (momento en que el adicto terminal hará cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, para conseguir la dosis y evitar sus efectos) y búsqueda de nuevo.
El proceso de destrucción comienza, como en el caso de todas las demás drogas legales e ilegales, exceptuando tal vez la marihuana y sus derivados, con la tolerancia. El cuerpo necesita y tolera una dosis cada vez mayor para obtener los mismos efectos hasta que llega el punto más alto de la elíptica en que se necesita cada vez más sólo para evitar los síntomas que provoca su ausencia. Por ejemplo, hacia el final de su vida, el mencionado De Quincey llegó a ingerir dosis de láudano que podían matar a un caballo. Debido a que la heroína es ilegal, su costo es exorbitante (el de producción es mínimo) y acceder a los puntos de venta clandestinos se vuelve extremadamente difícil. Por ello, la vida del adicto gira en torno a encontrar suficiente dinero para no sufrir y luego emprender la ardua búsqueda del proveedor.
El mono de muchas manos
“Because a mainer to my vein, leads to a center in my head, and then I’m better off than dead (Reed, Heroin)”. Traducido libremente diría “porque hay un punto en mi vena, que lleva a un centro en mi cabeza, y entonces estoy mejor que muerto”. Hemos citado anteriormente que en la etapa álgida se produce la sensación de que se tiene una comprensión racional absoluta de todo, acompañada de una cierta distancia. A medida que se avanza en el laberinto, lo que era una gran capacidad creativa, da paso a una indiferencia total por todo lo que no sea al propio efecto “sanador” de las heridas autoinflingidas por la carencia y un frío desprecio cartesiano por el resto del mundo. El solipsismo de “lo entiendo todo, los demás no existen”. La impotencia química que sufre el adicto se convierte también en impotencia mental y sexual. Nada duele, “estoy mejor que muerto”, pero nada impresiona, nada importa, nada tiene, realmente, ningún sentido.
El horror de este ciclo trófico (búsqueda, aturdimiento y anulación, carencia, búsqueda y sus peligros) o el riesgo de la muerte por sobredosis -por ejemplo, por la llegada de un nuevo proveedor con partidas menos “cortadas” para copar un sector floreciente del mercado) puede llevar al yonki a buscar con determinación una salida. Pero cuando crea ver la luz al final del túnel, se encontrará con el más riguroso de los guardianes, el monstruo que le hará pagar un terrible peaje por todo lo gozado y por todo lo sufrido. La cultura callejera lo ha disfrazado de animal. El “mono”, en español, o el “pavo frío” (“cold turkey” por la flaccidez de la piel y los intensos escalofríos que produce), en inglés, son los términos más comúnmente utilizados para describir el estado en que se sume el adicto al sufrir el síndrome de abstinencia agudo que debe pasar cuando quiere bajarse del “caballo” (heroína, también en argot callejero). Su fase más dura puede durar de uno a cinco o seis días y muchos afectados dejan casi de ser personas en control de sus actos ya que todos los síntomas de carencia físicos y psicológicos que hemos citado se acumulan en una devastadora explosión.
El final no es el fin
No es nuestra misión dar consejos, pero sí informar de que existen vías de salida. Hay quien lo intentará con ayuda de
su familia o amigos. Hay que ser muy valiente, repito muy muy valiente, y disponer de grandes reservas de paciencia y amor para afrontarlo, tanto el interesado como sus allegados. En algún momento las fuerzas, comprensiblemente, pueden flaquear. Va a haber gritos, exigencias, conatos de huida, chantajes emocionales, insultos y ruegos desesperados, lloros, aullidos, vómitos, orines y dolor, mucho dolor... todo el dolor del mundo. Cuando esta fase pase se creerá que se ha salido de la tormenta perfecta, pero quedan meses de calma asfixiante. El heroinómano no sólo ha perdido su motor químico sino que en muchas ocasiones puede haber desaparecido su interés por la vida. El desprecio por uno mismo, la falta de otras metas que no sea no volver a la droga, y la intensa dependencia psicológica provocan esa nostalgia y depresión de la que hablamos. Paradójicamente, es en este momento en que hay otro gran momento de peligro por la posibilidad de suicidio o, más a menudo, por la recaída ocasional. Hay que tratar de evitarla por todos los medios, pero tampoco dejarle solo ante esa vicisitud porque en muchas ocasiones el adicto cree que puede meterse una dosis parecida a la que solía tomar. Este factor produce las innumerables muertes que se registran por “lo estaba dejando y quiso darse una última fiesta”.
Por último, está el nuevo amor. Como nuestra misión no es pontificar no calificaremos entre sustitutos benéficos y dañinos. Sólo enumeraremos que deben ser poderosos y personales. Por ello, muchos ex drogadictos o en proceso de curación se convierten o entran en sectas religiosas, se obsesionan con el dinero o se hacen exitosos hombres de negocios, les apasionan las profundidades de la informática o son genios matemáticos... El carácter obsesivo no se curará con ese subproducto (al menos no les quedará de herencia una paranoia como en el caso del cocainómano o el fantasma de la esquizofrenia para el colgado de ácido). La forma de dulcificarlo será el entorno. Porque el heroinómano nace, sobrevive o no, y se cura o no, por los efectos de su medio. Y por eso, sólo el amor y la comprensión pueden y deben acompañarle a través de su dantesco descenso. No busque pinchazos (no los encontrará si se inyecta bajo el paladar o en el tobillo), ni indicios como el llevar siempre camisa de manga larga. No trate de aprisionarlo, ni viole su vida y su capacidad de decisión. Si él no la toma y uno no lo respeta, aunque diciéndole las verdades durante el proceso, ambos están condenados. Es él que tiene que venir a uno. Para creyentes y no creyentes, la parábola del hijo pródigo está para algo.
Las venas de América
¿Y en calidad de qué, dirán Uds., puedo manifestar todo lo anterior? No soy ni médico, ni químico, ni policía, ni político... Sólo soy un periodista que, en Europa, vio miles de hogares destruídos por la guadaña blanca, los cuerpos arrasados y vendidos por la sed insaciable que provoca, algunas de las mejores mentes de mi generación aniquiladas... Como he dicho antes, sin alarmismos (hay males mucho más peligrosos y letales), sin dramatismos innecesarios, conozcamos y prevengamos lo que puede ser una hecatombe en el seno de la familia que se vea afectada. Dicen que las venas de América Latina están abiertas... sólo falta que corra por ellas la heroína para acabar de pudrirlas.
1 comentarios:
muy chevere , e informativo ....
con un sentido sensitivo y realista ...
la realidad es dificil de expresar con el texto o a traves de su meretris las palabras....
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